martes, 26 de abril de 2011

Reflexiones de un niño

Un azul pálido al horizonte delimita las nubes y el mar. Un mar que hoy ruge con fuerza, haciendo ahínco sobre las rocas a las que golpea, de las que arranca partículas poco a poco y con verdadera crueldad para formas las luego tan bellas playas. Un mar que suelta con furia sus blancos brazos para atrapar un palmo más de tierra. Un rugir fácil de confundir con el eco de la conciencia.
Sí, la conciencia, esa vocecita, a veces tímida y que otras grita, te guía por el sendero de la vida. Ese otro “yo” que te juzga y te critica, que te alaba y te suscita, que te hace llorar unas veces de pena y otras de alegría. Compañera de por vida, esposada sin permiso a las muñecas de tu moral y tu justicia, verdugo de tus palabras y juez de tus actos.
Pues mi conciencia y yo, unidos en la intimidad del papel y al tinta, nos volvemos a encontrar cara cara, entre el rugir de las olas y la leve luz que desprende una luna atrapada por las oscuras nubes. Una vez más la voz de mi conciencia me pregunta, me cuestiona sin cesar el rumbo que decido llevar. Rumbo guiado por un faro en malas condiciones, cuya bombilla que me ha de salvar se sujeta a las condiciones del libre albedrío, al ir y devenir de las circunstancias que me rodean, a cada segundo que transcurre, a cada molécula de oxígeno que respiro.
Y no es más que el reflejo de un futuro incierto, de una inseguridad tan segura que rebosa miedo. Miedo a la incertidumbre del mañana.
Y a sabiendas que el amor es el único impulsor de las conciencias perdidas de razón, llamo a ese rojizo sentimiento a que me abrace entre sus cálidas emociones y me proporcione la seguridad y protección que yo no supe trabajar. Pero como hijo de todo padre sabe, el amor es más incierto que cualquier faro, que cualquier ola, la cual nunca aciertas a decir cuando romperá. Por lo que mal parche para tan gran herida fui a elegir.
Y contradicción tras contradicción hago del parche mi salvación, puesto que hoy respiro el presente con olor a pasado, y no el futuro, y el remedio inminente es más sano para mí que una cura a largo plazo sin saber si la llegaré a conseguir.
Y aunque todas estas palabras escritas de mano de un niño con cuerpo de hombre y corazón desangrado carezcan de sentido, todo aquel que en su destino tenga escrito leerlas comprenderá el motivo que me incita a decirlo, la ilusión de la juventud, el temor a crecer.

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