En el camino de la búsqueda de ese amor eterno, ilícito, utópico, irreal, …, o tan sólo soñado, …, pasamos por alto gran cantidad de momentos, situaciones, circunstancias, …, instantes en los que ese amor verdadero se hace presente, corpóreo, pero no de una forma eterna sino fugaz.
Como una nube en el cielo, a la que nadie presta atención, como esa gota de agua que sucumbe ante el frío suelo, como pájaro que se posa en la rama más frágil de un árbol, en perfecto equilibrio, como el leve mecer de la hierba por el aire, como el rayo de luz que se vuelve opaco ante un nubarrón, …, así pasan los instantes felices sin que nadie se detenga y dedique un segundo de su vida a contemplar lo maravilloso que hay en todo ello.
Disfrutad y abrid vuestro corazón a esos pequeños detalles que no mueven el mundo pero que forman parte de él, sentirse parte de la tierra sin interrumpir su ciclo, sin ser el centro del universo, sino un mero observador en la cuneta de la vida. Como quien cierra los ojos a dos pasos de un precipicio para sentir el vacío bajo sus pies, como quien no suelta palabra en medio del campo para escuchar ese silencio tan melodioso que nos regala, como quien un día, harto de prisas, estrés, carreras, …, se detiene a disfrutar el transcurrir de un segundo sumido en el mayor de los silencios con un latir de corazón, el suyo propio, como banda sonora de fondo.
Son estos pequeños instantes desapercibidos los que adornan nuestras vidas con color y emoción, paz y armonía, cómplices de la naturaleza, de la tierra, de la vida.
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